• Home / Portada
  • About / Sobre mi
  • Podcast
  • YouTube
  • Redes Sociales / Social Network
  • Books / Libros
  • Blog
  • Get in Touch / Contáctame
  Pastor David EJ

BLOG

CARTA DE FIN DE AÑO 2025

12/31/2025

0 Comments

 
Al llegar al final de este año, siento la necesidad de escribirles, no como quien hace un balance administrativo del tiempo, sino como quien se detiene a mirar el alma con honestidad. El cierre del calendario siempre nos confronta con una pregunta sencilla y a la vez exigente: ¿qué nos dejó realmente este año que termina?

No escribo desde la euforia ni desde el derrotismo. Escribo desde la fe que ha sido probada, desde la experiencia concreta de un año vivido intensamente, con sus luces y sus sombras. Este año no fue fácil, pero sí fue profundamente formativo. Me enseñó que la vida espiritual no se mide por la ausencia de conflictos, sino por la manera en que los atravesamos acompañados por Dios.

Comencé el año con expectativas claras, proyectos definidos y una confianza razonable en que muchas cosas avanzarían como las había imaginado. Sin embargo, la realidad se encargó de recordarme que la vida no siempre responde a nuestros planes. Hubo procesos que se alargaron más de lo esperado, situaciones que no se resolvieron y decisiones que exigieron más discernimiento del que estaba preparado para dar. Aun así, comprendí algo fundamental: no todo se resuelve, pero todo se puede vivir con sentido cuando uno aprende a caminar en la presencia de Dios.

Este año también me confrontó con el cansancio. Un cansancio real, físico, emocional y espiritual. Durante mucho tiempo creí que sentirme agotado era una señal de debilidad o de falta de fe. Hoy entiendo que no es así. El cansancio no siempre es síntoma de derrota; muchas veces es señal de haber amado, servido y cargado responsabilidades con seriedad. Aprendí que descansar no es abandonar la misión, sino reconocer humildemente que no somos autosuficientes y que necesitamos confiar más en la gracia que en nuestras propias fuerzas.

En el ejercicio del ministerio, este año reafirmé una verdad que no siempre resulta cómoda: servir, predicar y acompañar tiene un costo. Amar de verdad expone, desgasta y, en ocasiones, duele. Hubo momentos en los que di más de lo que recibí, en los que escuché sin ser escuchado y en los que sostuve sin sentirme sostenido. Aun así, sigo convencido de que el costo del amor nunca es mayor que el vacío que deja no amar. Servir sigue siendo, a pesar de todo, una de las formas más auténticas de vivir el Evangelio.

También aprendí que Dios habla más en los procesos que en los resultados. Pasé buena parte del año esperando respuestas claras, cierres definitivos y confirmaciones evidentes. En lugar de eso, recibí caminos abiertos, preguntas sin resolver y silencios prolongados. Con el tiempo comprendí que el silencio de Dios no es ausencia, sino pedagogía. Dios no siempre responde cuando queremos, pero siempre responde de la manera que más contribuye a nuestra madurez espiritual.

No puedo cerrar este año sin mirar la realidad que nos rodea. Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre, la violencia, la desigualdad y el sufrimiento de muchos. Estas realidades no pueden ser ajenas a nuestra fe. Una espiritualidad que no se deja afectar por el dolor del mundo corre el riesgo de convertirse en una fe desconectada de la encarnación. Este año reafirmé que creer en Dios implica también asumir una responsabilidad ética y social frente a la historia que compartimos.

Al hacer memoria de todo esto, el sentimiento que permanece no es la frustración, sino la gratitud. Agradezco lo que salió bien, pero agradezco aún más lo que me obligó a crecer, a revisar mis motivaciones y a confiar más profundamente. Hoy no soy el mismo que comenzó el año. Soy más consciente de mis límites, más dependiente de la gracia y, espero, un poco más fiel.

Al mirar hacia el nuevo año, no lo hago con grandes promesas ni con expectativas irreales. Lo hago con una oración sencilla: que Dios me conceda vivir con verdad, amar con libertad y caminar con humildad, incluso cuando no entienda completamente el rumbo. Que el próximo año no esté marcado por la prisa, sino por el discernimiento; no por el miedo, sino por la esperanza.
Quiero agradecerte a ti que lees estas líneas por caminar, de alguna manera, junto a mí durante este año. Por leer, por reflexionar, por compartir y por permitir que estas palabras encuentren un espacio en tu propio proceso. Que al cerrar este año no te juzgues por lo que no lograste, sino que reconozcas todo lo que aprendiste. Que no endurezcas el corazón y que no pierdas la esperanza.
​

Cerramos un año, pero no cerramos el corazón. Seguimos caminando, con fe imperfecta pero sincera, confiando en que Dios sigue obrando incluso cuando no siempre lo percibimos con claridad.
Con afecto pastoral y gratitud profunda,

+David Guadalupe EJ
0 Comments

Carta para aquel a quien le debo predicar, pero no me escucha

12/11/2025

0 Comments

 
Querido hermano, querida hermana… o quizás debería decir: querida alma que Dios ha puesto frente a mí, aunque aún no lo entiendas.
 
Te escribo esta carta que tal vez nunca leas, pero que necesito escribir para sanar el desierto que a veces deja la misión de predicar sin ser escuchado. Predicarte es parte de mi vocación, pero comprenderte es parte de mi humanidad.
 
Te predico porque te amo, no porque me oigas.
 
No sé en qué momento comenzaste a cerrar el corazón. No sé si la vida te hirió, si la fe te falló, si la Iglesia te decepcionó, o si simplemente aprendiste a sobrevivir sin Dios porque parecía más fácil que rendirte a Él. Solo sé que estás ahí, frente a mí, con tu mirada distraída, con tus auriculares invisibles, con tu alma ocupada en sus propios ruidos. Y, aun así, Dios me dice: “Predícale.”
 
No para que me escuches, sino para que, quizás un día, escuches a Dios.
 
Tu silencio también predica. Aunque no digas nada, tu silencio habla. Habla de cansancio, de dudas, de heridas no resueltas. Habla de un corazón que se protege para no quebrarse otra vez. Habla de un mundo que te ha hecho promesas y te ha dejado vacío. Tu silencio es un sermón que debo aprender a interpretar. Tal vez Dios esté usando tu aparente indiferencia para confrontar mi orgullo, para purificar mis motivos, para recordarme que predicar no es convencer, sino sembrar. Y que quien hace germinar no soy yo. Te predico sabiendo que no me escuchas, porque Dios sí te escucha a ti.
 
A veces, cuando veo tu mirada perdida mientras hablo, algo dentro de mí se lamenta. No por mí, sino por ti. Porque sé lo que podrías ser si la Palabra encontrara un espacio en tu alma. Y aun así, Dios me recuerda algo que me libera: la semilla no muere cuando cae en suelo difícil; muere cuando nunca se siembra. Por eso sigo predicándote, aunque tus oídos no se abran aún, aunque tus pensamientos vuelen lejos, aunque tu corazón esté en pausa. Predico porque es Dios quien te está buscando, y yo solo soy su mensajero torpe, pero disponible.
 
No te juzgo: también yo fui sordo alguna vez. No creas que te escribo desde la superioridad. Yo también he sido sordo ante Dios. He escuchado sermones que no quería oír. He resistido verdades que me dolían. He huido de llamados que no quería aceptar. La diferencia es que un día, no sé cómo, una palabra logró atravesar la muralla que yo mismo construí. Tal vez la tuya también caiga pronto. Tal vez no hoy, tal vez no mañana. Pero Dios tiene tiempo. Más que nosotros. Más que nuestras urgencias y frustraciones.
 
Cuando te predico y no escuchas, no solo me siento incapaz: me siento responsable. Me pregunto si fallé en el tono, en el tema, en la claridad, en el amor. Me pregunto si debo ser más simple o más profundo; más suave o más directo; más humano o más espiritual. Y después, agotado de tantas preguntas, descubro la única respuesta que importa:
 
predicarte es amar tu alma,
aunque tú aún no ames la mía,
ni la de Dios.
 
Y amar nunca es derrota.
 
Te seguiré predicando… incluso si jamás escuchas mi voz
 
Porque predicar no es ganar oyentes, sino acompañar almas. No es convencer mentes, sino tocar corazones. No es llenar templos, sino abrir caminos hacia Dios. Quizás nunca escuches mis palabras, pero quizá escuches mis silencios, mis gestos, mi presencia, mi paciencia, mi insistencia en no rendirme contigo. Quizás algún día, cuando tu mundo se quiebre, recordarás que había alguien que, sin conocer tu historia completa, seguía hablándote de un Dios que no se rinde.
 
Si un día decides escuchar, aquí estaré. No tengo prisa y Dios tampoco. Si un día tus muros caen, si tus oídos se abren, si tu corazón suspira por algo más grande que tus fuerzas… aquí estaré. No con reproches, no con “te lo dije”, sino con la misma palabra que llevo tiempo sembrando: Dios te ama. Dios te busca. Dios no se cansa.
 
Y si tú nunca escuchas…
igual habré cumplido mi misión.
 
Te escribo hoy para que Dios me lea. Esta carta quizá nunca llegue a tus manos, pero sí llegará a las manos de Dios. Porque en cada línea deposito mi cansancio, mi esperanza, mi oración por ti. Y aunque ahora no me escuches, yo sé que Dios sí escucha por los dos. Mientras Él me pida predicarte, lo haré. Mientras Él no se rinda contigo, yo tampoco me rendiré.
 
Con amor pastoral, confianza temblorosa y una esperanza que no muere…
 
En Cristo,
 
+David Guadalupe EJ
0 Comments

    Author

    P. David Guadalupe EJ

    Archives

    January 2026
    December 2025
    November 2025

    Categories

    All

    RSS Feed

©2021-2026 All Rights Reserved
  • Home / Portada
  • About / Sobre mi
  • Podcast
  • YouTube
  • Redes Sociales / Social Network
  • Books / Libros
  • Blog
  • Get in Touch / Contáctame