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  Pastor David EJ

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CARTA DE FIN DE AÑO 2025

12/31/2025

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Al llegar al final de este año, siento la necesidad de escribirles, no como quien hace un balance administrativo del tiempo, sino como quien se detiene a mirar el alma con honestidad. El cierre del calendario siempre nos confronta con una pregunta sencilla y a la vez exigente: ¿qué nos dejó realmente este año que termina?

No escribo desde la euforia ni desde el derrotismo. Escribo desde la fe que ha sido probada, desde la experiencia concreta de un año vivido intensamente, con sus luces y sus sombras. Este año no fue fácil, pero sí fue profundamente formativo. Me enseñó que la vida espiritual no se mide por la ausencia de conflictos, sino por la manera en que los atravesamos acompañados por Dios.

Comencé el año con expectativas claras, proyectos definidos y una confianza razonable en que muchas cosas avanzarían como las había imaginado. Sin embargo, la realidad se encargó de recordarme que la vida no siempre responde a nuestros planes. Hubo procesos que se alargaron más de lo esperado, situaciones que no se resolvieron y decisiones que exigieron más discernimiento del que estaba preparado para dar. Aun así, comprendí algo fundamental: no todo se resuelve, pero todo se puede vivir con sentido cuando uno aprende a caminar en la presencia de Dios.

Este año también me confrontó con el cansancio. Un cansancio real, físico, emocional y espiritual. Durante mucho tiempo creí que sentirme agotado era una señal de debilidad o de falta de fe. Hoy entiendo que no es así. El cansancio no siempre es síntoma de derrota; muchas veces es señal de haber amado, servido y cargado responsabilidades con seriedad. Aprendí que descansar no es abandonar la misión, sino reconocer humildemente que no somos autosuficientes y que necesitamos confiar más en la gracia que en nuestras propias fuerzas.

En el ejercicio del ministerio, este año reafirmé una verdad que no siempre resulta cómoda: servir, predicar y acompañar tiene un costo. Amar de verdad expone, desgasta y, en ocasiones, duele. Hubo momentos en los que di más de lo que recibí, en los que escuché sin ser escuchado y en los que sostuve sin sentirme sostenido. Aun así, sigo convencido de que el costo del amor nunca es mayor que el vacío que deja no amar. Servir sigue siendo, a pesar de todo, una de las formas más auténticas de vivir el Evangelio.

También aprendí que Dios habla más en los procesos que en los resultados. Pasé buena parte del año esperando respuestas claras, cierres definitivos y confirmaciones evidentes. En lugar de eso, recibí caminos abiertos, preguntas sin resolver y silencios prolongados. Con el tiempo comprendí que el silencio de Dios no es ausencia, sino pedagogía. Dios no siempre responde cuando queremos, pero siempre responde de la manera que más contribuye a nuestra madurez espiritual.

No puedo cerrar este año sin mirar la realidad que nos rodea. Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre, la violencia, la desigualdad y el sufrimiento de muchos. Estas realidades no pueden ser ajenas a nuestra fe. Una espiritualidad que no se deja afectar por el dolor del mundo corre el riesgo de convertirse en una fe desconectada de la encarnación. Este año reafirmé que creer en Dios implica también asumir una responsabilidad ética y social frente a la historia que compartimos.

Al hacer memoria de todo esto, el sentimiento que permanece no es la frustración, sino la gratitud. Agradezco lo que salió bien, pero agradezco aún más lo que me obligó a crecer, a revisar mis motivaciones y a confiar más profundamente. Hoy no soy el mismo que comenzó el año. Soy más consciente de mis límites, más dependiente de la gracia y, espero, un poco más fiel.

Al mirar hacia el nuevo año, no lo hago con grandes promesas ni con expectativas irreales. Lo hago con una oración sencilla: que Dios me conceda vivir con verdad, amar con libertad y caminar con humildad, incluso cuando no entienda completamente el rumbo. Que el próximo año no esté marcado por la prisa, sino por el discernimiento; no por el miedo, sino por la esperanza.
Quiero agradecerte a ti que lees estas líneas por caminar, de alguna manera, junto a mí durante este año. Por leer, por reflexionar, por compartir y por permitir que estas palabras encuentren un espacio en tu propio proceso. Que al cerrar este año no te juzgues por lo que no lograste, sino que reconozcas todo lo que aprendiste. Que no endurezcas el corazón y que no pierdas la esperanza.
​

Cerramos un año, pero no cerramos el corazón. Seguimos caminando, con fe imperfecta pero sincera, confiando en que Dios sigue obrando incluso cuando no siempre lo percibimos con claridad.
Con afecto pastoral y gratitud profunda,

+David Guadalupe EJ
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