• Home / Portada
  • About / Sobre mi
  • Podcast
  • YouTube
  • Redes Sociales / Social Network
  • Books / Libros
  • Blog
  • Get in Touch / Contáctame
  Pastor David EJ

BLOG

Carta para aquel a quien le debo predicar, pero no me escucha

12/11/2025

0 Comments

 
Querido hermano, querida hermana… o quizás debería decir: querida alma que Dios ha puesto frente a mí, aunque aún no lo entiendas.
 
Te escribo esta carta que tal vez nunca leas, pero que necesito escribir para sanar el desierto que a veces deja la misión de predicar sin ser escuchado. Predicarte es parte de mi vocación, pero comprenderte es parte de mi humanidad.
 
Te predico porque te amo, no porque me oigas.
 
No sé en qué momento comenzaste a cerrar el corazón. No sé si la vida te hirió, si la fe te falló, si la Iglesia te decepcionó, o si simplemente aprendiste a sobrevivir sin Dios porque parecía más fácil que rendirte a Él. Solo sé que estás ahí, frente a mí, con tu mirada distraída, con tus auriculares invisibles, con tu alma ocupada en sus propios ruidos. Y, aun así, Dios me dice: “Predícale.”
 
No para que me escuches, sino para que, quizás un día, escuches a Dios.
 
Tu silencio también predica. Aunque no digas nada, tu silencio habla. Habla de cansancio, de dudas, de heridas no resueltas. Habla de un corazón que se protege para no quebrarse otra vez. Habla de un mundo que te ha hecho promesas y te ha dejado vacío. Tu silencio es un sermón que debo aprender a interpretar. Tal vez Dios esté usando tu aparente indiferencia para confrontar mi orgullo, para purificar mis motivos, para recordarme que predicar no es convencer, sino sembrar. Y que quien hace germinar no soy yo. Te predico sabiendo que no me escuchas, porque Dios sí te escucha a ti.
 
A veces, cuando veo tu mirada perdida mientras hablo, algo dentro de mí se lamenta. No por mí, sino por ti. Porque sé lo que podrías ser si la Palabra encontrara un espacio en tu alma. Y aun así, Dios me recuerda algo que me libera: la semilla no muere cuando cae en suelo difícil; muere cuando nunca se siembra. Por eso sigo predicándote, aunque tus oídos no se abran aún, aunque tus pensamientos vuelen lejos, aunque tu corazón esté en pausa. Predico porque es Dios quien te está buscando, y yo solo soy su mensajero torpe, pero disponible.
 
No te juzgo: también yo fui sordo alguna vez. No creas que te escribo desde la superioridad. Yo también he sido sordo ante Dios. He escuchado sermones que no quería oír. He resistido verdades que me dolían. He huido de llamados que no quería aceptar. La diferencia es que un día, no sé cómo, una palabra logró atravesar la muralla que yo mismo construí. Tal vez la tuya también caiga pronto. Tal vez no hoy, tal vez no mañana. Pero Dios tiene tiempo. Más que nosotros. Más que nuestras urgencias y frustraciones.
 
Cuando te predico y no escuchas, no solo me siento incapaz: me siento responsable. Me pregunto si fallé en el tono, en el tema, en la claridad, en el amor. Me pregunto si debo ser más simple o más profundo; más suave o más directo; más humano o más espiritual. Y después, agotado de tantas preguntas, descubro la única respuesta que importa:
 
predicarte es amar tu alma,
aunque tú aún no ames la mía,
ni la de Dios.
 
Y amar nunca es derrota.
 
Te seguiré predicando… incluso si jamás escuchas mi voz
 
Porque predicar no es ganar oyentes, sino acompañar almas. No es convencer mentes, sino tocar corazones. No es llenar templos, sino abrir caminos hacia Dios. Quizás nunca escuches mis palabras, pero quizá escuches mis silencios, mis gestos, mi presencia, mi paciencia, mi insistencia en no rendirme contigo. Quizás algún día, cuando tu mundo se quiebre, recordarás que había alguien que, sin conocer tu historia completa, seguía hablándote de un Dios que no se rinde.
 
Si un día decides escuchar, aquí estaré. No tengo prisa y Dios tampoco. Si un día tus muros caen, si tus oídos se abren, si tu corazón suspira por algo más grande que tus fuerzas… aquí estaré. No con reproches, no con “te lo dije”, sino con la misma palabra que llevo tiempo sembrando: Dios te ama. Dios te busca. Dios no se cansa.
 
Y si tú nunca escuchas…
igual habré cumplido mi misión.
 
Te escribo hoy para que Dios me lea. Esta carta quizá nunca llegue a tus manos, pero sí llegará a las manos de Dios. Porque en cada línea deposito mi cansancio, mi esperanza, mi oración por ti. Y aunque ahora no me escuches, yo sé que Dios sí escucha por los dos. Mientras Él me pida predicarte, lo haré. Mientras Él no se rinda contigo, yo tampoco me rendiré.
 
Con amor pastoral, confianza temblorosa y una esperanza que no muere…
 
En Cristo,
 
+David Guadalupe EJ
0 Comments



Leave a Reply.

    Author

    P. David Guadalupe EJ

    Archives

    January 2026
    December 2025
    November 2025

    Categories

    All

    RSS Feed

©2021-2026 All Rights Reserved
  • Home / Portada
  • About / Sobre mi
  • Podcast
  • YouTube
  • Redes Sociales / Social Network
  • Books / Libros
  • Blog
  • Get in Touch / Contáctame